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La casa, reconocimiento y construcción
del espacio pictórico
En 1982, Pedro Morales inicia su actividad
artística participando en diversos salones regionales y nacionales. Diez
años antes de decidir su vocación de pintor, la destrucción
de la vieja casona de su abuela en el barrio de El Saladillo, en Maracaibo, le
produce una obsesión por los espacios familiares. Esa pérdida de
la casa de su infancia lo conducirá a emprender una acuciosa búsqueda
expresiva en el lenguaje de la intimidad, a través del cual intentará
hacer presente el recinto demolido de su niñez. De allí la recurrente
tematización de interiores de casas en donde irá reconociendo un
imaginario articulado al tejido de la memoria. Los objetos domésticos,
los enseres, espejos, fotografías, personajes familiares, cobran vida para
acogerse a un realismo de acento onírico.
María Luz Cárdenas ha afirmardo
que la casa es uno de los tres pilares que configuran el mapa de relaciones conceptuales
en la obra del artista. Para Cárdenas "casa es memoria, es recuerdo
de la ciudad demolida, de las tradiciones demolidas, de los familiares que habitan
en los rincones aún después de la muerte. Casa es laberinto, y a
la vez, búsqueda del centro perdido..."
María Elena Ramos, por su parte, ha estimado que la elaboración
de un discurso plástico a partir de la intimidad se manifestaba, en un
inicio, a través de la entidad casa-corral. Así, "...la casa
es, precisamente, el primer lugar para explorar la pintura. Casa y cuadro parecen
ser los sitios del límite, del contén, la finitud. Casa e imagen
son sitios de las miradas como de las fotografías: la casa y el cuadro
son lugares en que la pose fotográfica se asienta. La casa es el sitio
de desdoblamientos, entonces, también su gente: la pose, la mirada, el
grupo, la repetición del autorretrato."
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