Nicomedes FEBRES

 

PEDRO  MORALES  
 

La Revolución Informática como etapa del desarrollo tecnológico generado por la incesante Revolución Industrial, en ésta era de la cultura globalizada, tendrá más relevancia y consecuencias para la humanidad que la invención de la imprenta hecha por Guttenberg en 1440. La democratización de la información, la gratuidad del saber, el reconocimiento del “otro” moldearan al hombre del futuro.

 

            Como era de esperarse, la Revolución Informática también ha influido profundamente en los mecanismos de creación, producción y consumo del arte. Si volteamos la mirada hacia un pasado reciente, vemos que unos pocos precursores se arriesgaron a asumir a los nuevos medios como su forma radical o definitiva de expresión artística. Hace 15 o 20 años, cuando la informática estaba aún en pañales, tal actitud era una absoluta temeridad, incluso, para aquellos artistas del mundo desarrollado que eran respaldados con becas, cátedras y prebendas para explorar los nuevos medios.

 

            En ese pasado reciente, la resolución de las imágenes era muy baja, la gama cromática de las impresoras no llegaba al  medio centenar de colores y no existía el lápiz electrónico. Manipulando el cursor o Mouse era como se realizaban los torpes dibujos, cuyos resultados desanimaron a la mayoría de los artistas que regresaron a los medios tradicionales de expresión. Entre los pocos creadores que siguieron en la senda de la creación tecnológica quedo Pedro Morales y su empeño en crear usando colores de luz, en vez de pigmentos. Se conjugaban en él, el conocimiento profundo de las matemáticas   y su vocación definitiva de creador artístico. Sabía que mediante la informática podía hacer su aporte a la cultura y al arte nacional.

 

            Apartado, en su taller, recién inaugurada la década de los noventa, ya Morales estaba a la vanguardia del arte digital latinoamericano. El optimismo embargaba el corazón de los hombres de paz pues terminada la Guerra Fría era posible que con el adelanto tecnológico existente se resolvieran los acuciantes problemas de la humanidad. Allí, rodeado de computadoras a medio armar, sumando memorias y programas entre cables y chips para adelantar el trabajo, cuando Internet era aún una utopía, y con una modesta impresora de diez y seis colores, de la cual salían las hojas de papel, que entonces adosaba a la única pared libre del estudio, para armar cual rompecabezas, la “pintura” que recién salía. Así fue que lo conocimos entonces.

 

En estos últimos largos quince años la obra de Pedro Morales ha ido evolucionando desde aquellas imágenes de familia, donde se mostraba el mundo fabulado de su Maracaibo natal, de su entrañable Saladillo de la infancia y del entorno familiar, hasta sus más recientes creaciones en la realidad virtual, han pasado grandes cosas en el mundo y en el arte. Algunas de ellas de grandes consecuencias en el arte venezolano, como City Rooms, en donde el artista recrea para Internet, en una mezcla de animación digital, dibujos y vídeos, cual novela por entregas con tramas y subtramas, mostrando desde la vida cotidiana hasta la violencia política generada por el régimen y sus pistoleros contra la sociedad civil en el año 2002. La ulterior censura a la participación del artista como representante de Venezuela a la Bienal de Venecia del 2003, lo lanzaron contra su voluntad, a la palestra pública, y su web paso a ser visto cada día por más de cincuenta mil visitantes de todo el mundo durante un largo período de tiempo.

 

            De esa censura le quedaron dos cosas; la primera, el ser conocido por muchos creadores que lo ven como una referencia del arte tecnológico y la realidad virtual en América Latina, donde ha tenido que trabajar solo, con las uñas, haciendo mil y un vericueto para abaratar sus gastos. La otra, son las muchas ofertas que le han llovido para trabajar en el exterior, incluso en grandes centros de investigación tecnológica. Ha pasado el tiempo y Pedro sigue incesante en su trabajo creativo, aferrado a su patria, sin desmayar un instante, con fe de carbonero en la importancia de la tecnología como instrumento del arte, con talante franciscano ante la crítica. Viviendo al margen de los movimientos y de las complacencias con la moda; ayudando con un consejo aquí o con una información allá, a muchos artistas que ven en él a una referencia en el conocimiento de los nuevos medios, incluso con aquellos que no comparten su obra.

            Bastante trabajo tiene con la multitud de retos que ha afrontado, con la diversidad de obstáculos que debe superar.

            En ésta ocasión, inspirado en aquellos juegos infantiles de origen chino y  japonés de los estereogramas que inundaron en los años noventa a Caracas y que vendían buena parte de los buhoneros de nuestra ciudad para beneplácito de los viandantes, se planteó allí el reto de hacer obras a partir de la estereografía digital que como consecuencia de la Revolución Informática podían realizarse sin recurrir a la vieja y laboriosa técnica de “recortar y pegar” la misma imagen, hasta construir en el espacio, la posibilidad de verla tridimensionalmente, aprovechando en todo su potencial el mecanismo humano natural de la estereopsis, que tanto seducía a Euclides y a Leonardo Da Vinci, quien la practicaba con el ejercicio de verse el dedo, al cerrar de forma alternativa los ojos para comprender la visión tridimensional.

 

Sin embargo, no le bastó a Pedro Morales el reto de crear digitalmente imágenes estereoscópicas, sino que aprovechando su capacidad visual, se planteó ser capaz de darle espesor a las imágenes a partir de la utilización de objetos industriales de mayor volumen o a partir de las técnicas ancestrales del tejido, sin perder definición a la vista. En una suerte de regreso de lo tecnológico, se basa entonces en lo artesanal para reproducir lo que solo puede ser dado por el ordenador. Es  llevar al arte esa sensación de incertidumbre e introspección que nos llena el alma cuando en medio de la noche, en la ciudad, se va la luz de manera total. Como una suerte de angustiante regreso a nuestra propia esencia previa a lo societal.

Pedro Morales aquí se plantea en esta serie, una suerte de síntesis dialéctica entre lo artesanal y lo tecnológico, entre lo tradicional y lo contemporáneo.

            El saber matemático del artista le permite conocer los vericuetos de la geometría fractal y las posibilidades infinitas de la línea hasta la propia y cierta desaparición de la recta. Pero el fractal también puede ser sinónimo de píxel o de cuadriculación del plano bidimensional, que lo vincula con la obra del gran artista norteamericano Chuck Close, con quien ha expuesto también Morales y cuyo trabajo se basa en la fragmentación de la superficie visual en cuadriculas y el ulterior llenado de cada cuadricula de acuerdo al modelo fotográfico que se utilice para duplicar así a la imagen original. Técnica que por lo demás sedujo más de una vez a Andy Warhol y a muchos pintores hiperrealistas.

            Otro reto que enfrenta Pedro Morales con estas imágenes estereoscópicas es la representación de los espacios pictóricos; desde el espacio pre pictórico que tanto interesó a Jesús Soto y a Carlos Cruz Diez, así como el espacio post pictórico que preocupó a Lucio Fontana y que es un reto constante del arte desde los tiempos de Cezanne y Picasso, quienes añoraban representar tridimensionalmente en el plano bidimensional a los objetos circundantes, porque a fin de cuentas, la realidad es tridimensional y solo nos damos cuenta de ello cuando tomamos conciencia de la disparidad de la mirada en cada uno de nuestros ojos.

            Vemos así, que en nuestro artista confluyen los viejos temas de la representación en el arte, que ya aparecían con la pintura de Rafael y Rembrandt, porque básicamente la perspectiva también es una manera de aproximarse a la realidad visual; hasta los grandes artistas antes citados, solo que Pedro Morales aborda frontalmente de manera novedosa el tema basado en lo tecnológico, pero al mismo tiempo, tratando de distanciarse de ella por el momento, con esta nueva epifanía creativa, y nos reitera que él es un pintor, que trata de sustituir a la tecnología; y lo reitera cuando afirma que “aspira a “ser” su propia impresora” mediante las viejas formas del quehacer artesanal. O acaso es un alerta subconsciente del pintor de carne y hueso que nos afirma la primacía del hombre que coloca a la tecnología a su servicio y no el hombre que está al servicio de la tecnología

            Otro de los retos que también enfrenta Pedro Morales en esta serie de bordados, porque en esencia su trabajo es un bordado por la acción reiterativa en cada obra, es la creación de pinturas novedosas y estéticamente resueltas para cumplir con los cánones del arte contemporáneo.

            Sin embargo, no debemos olvidar que estamos hablando de un artista de ruptura; de un adelantado a su época, a quien tiene sin cuidado la moda, el mercado o los estilos y grupos. Mucho hemos conversado a lo largo de estos años sobre “la angustia estereoscópica”, es decir, la impotencia y la desazón que produce a unos cuantos observadores el no poder apreciar la dimensión esterescópica de la obra. Pero está allí, y en algún momento aparecerá para casi todos, cuando la acomodación visual converge adecuadamente y nos permite ver nítidamente el objeto que parece oculto en un primer momento.

              Por creer en su propuesta, y entender que la tecnología es un poderoso instrumento de cara al futuro y que no hay en América Latina un lenguaje tecnológico tan depurado como el suyo, Pedro ha recibido pleno apoyo internacional . Creemos que es un artista a toda prueba al cual  Venezuela le debe mucho. Amén que la tecnología sin ética es un azote y si algo posee Pedro es precisamente ética y coherencia, notables por  lo demás cuando en su casa taller vemos el más exquisito desarrollo tecnológico mezclado con la más rancia zulianidad, y ello sin considerar que es un ser humano de excepción, sin dobleces, sin mezquindad, con la sencillez del que sabe de su propio valer y está presto para servir y no para pretender ser servido.  

 

Nicomedes Febres